En consonancia con el Episcopado Argentino, queremos unirnos a la defensa de la vida, y hacernos eco de la propuesta de priorizar en nuestra patria el derecho a ella, en todas sus manifestaciones, poniendo especial atención en los niños por nacer, como en nuestros hermanos que crecen en la pobreza y marginalidad. El don de la vida es el regalo más grande que Dios hace al hombre y que él debe cuidar desde la concepción hasta la muerte natural. La Vida (con mayúsculas), quiere decir, nuestro compromiso con la tarea de defender ese don.
Por otro lado ese compromiso nos lleva a reflexionar sobre nuestra vocación. La vocación es un acontecimiento entre Dios y cada uno de los hombres, a quienes Él invita a colaborar en su plan de salvación. Es un acontecimiento central en la vida del hombre, tanto que es capaz de darle sentido y llenarlo de una gran alegría. Por eso se puede decir que la vocación es global y globalizante; implica a toda la persona, a lo que es y a lo que hace, a su juventud y a su vejez.
Vivir vocacionalmente significa responder positivamente, en la línea del amor, a Dios y a los hombres, en todas las circunstancias que me toca vivir, las cuales pueden gustarme más o menos. La felicidad no está en hacer lo que más me satisface, sino en responder adecuadamente a la llamada que da sentido a mí existir. Por eso vivir vocacionalmente es encontrar la felicidad.
Todos estamos llamados a realizarnos como personas, todos debemos descubrir nuestro camino y trazar nuestro proyecto personal de realización humana, es decir, nuestro "proyecto de vida". Por ello, debemos reflexionar sobre la propia vocación y los medios más aptos para realizarlo.
Este proyecto es personal como cada persona es única e irrepetible, debe realizarlo según sus circunstancias y características específicas. Además cada uno debe trazarlo para sí mismo. No se trata de que otro haga mi proyecto para que yo lo ejecute; se trata de descubrirlo por uno mismo (con ayuda de los demás), y realizarlo dentro de nuestras posibilidades y con nuestra
responsabilidad. Exige de nuestro esfuerzo y nuestras ganas de trabajar para buscar dicha felicidad.
Dice San Agustín: “… si el Padre no hubiera entregado la Vida, nosotros no tendríamos vida; y si esta Vida no hubiera muerto, no se habría dado muerte a la muerte”. Dios nos ha dado a su Hijo Jesús para que por medio de Él nosotros tuviéramos vida eterna. A través de Él es que poseemos la vida, porque la muerte ha sido vencida. “En Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hechos 17, 28). |